miércoles, 17 de agosto de 2011

El oxidio

La capital sucumbía bajo la lluvia, el agua abría los surcos de la gran Alameda. En cuestión de unos pocos segundos se desplegaban los paraguas de insignes hombres de terno, mientras un quiltro café a duras penas trataba de capturar las gotas de agua que caían.
Los engranajes se oxidaban a la espera de la señal que les indique moverse.
La luz verde aparecía en escena.
Las pisadas se apresuraban cada vez más. Unas a otras se pisoteaban,
Aquellos pies se negaban a comprender que la lluvia solo mojaba ni nada mas ni nada menos.

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