
En el sillón, el padre orgulloso mostraba su pecho hinchado, que manifestaba la dicha de ver a su hijo crecer bajo su cobijo. Cumplía su misión de forma honorífica, el niño será un buen ciudadano.
Al interior de la cocina, la madre, apresurada e histérica, a raíz de un atraso que acechaba su mente, en cambio el niño interrogaba a sus progenitores, acerca de cuanto tiempo mas debería aguardar para la llegada de medianoche.
Al cabo de un rato (que en instantes se volvía insoportable) la familia logro sentarse a cenar (por supuesto el padre a la cabecera), un gran pavo era el invitado especial, de aquella calida noche de diciembre. El pequeño en silencio escuchaba a sus padres, siempre en callado (hablar en la mesa seria una señal de falta de respeto, además de dar como resultado una fuerte bofetada).
De improviso una sonrisa asalta el rostro del chico. El reloj anunciaba la media noche, esta señal hablando el corazón del padre, quien con una mirada permitió que el niño abandonara la mesa.
Entre sonrisas cómplices, el chico desgarraba las vestiduras de los regalos, a los pies de un pino plásticos, y un sequito de estructuras de yeso. Ninguno de los presentes llamaba su atención, hasta el momento que el regalo del progenitor toco sus menudas manos, nuevamente las sonrisas cómplices aparecían en escenas.
Otra vez el papel no ofreció la mínima resistencia posible, una pequeña casita café aparecía en escena dentro de una habitación, donde los padres algo incómodos se sometían a la voluntad del pequeño.
Al abrir la cajita, una sonrisa se dibujo en el rostro del padre. Los ojos del pequeño saltaban de alegría, un revolver de plástico se posaba en sus manos.
Hizo el guiño de cerrar un ojo, apunto y simulo un certero disparo.
El padre suspiro tranquilo será un buen ciudadano.
Al interior de la cocina, la madre, apresurada e histérica, a raíz de un atraso que acechaba su mente, en cambio el niño interrogaba a sus progenitores, acerca de cuanto tiempo mas debería aguardar para la llegada de medianoche.
Al cabo de un rato (que en instantes se volvía insoportable) la familia logro sentarse a cenar (por supuesto el padre a la cabecera), un gran pavo era el invitado especial, de aquella calida noche de diciembre. El pequeño en silencio escuchaba a sus padres, siempre en callado (hablar en la mesa seria una señal de falta de respeto, además de dar como resultado una fuerte bofetada).
De improviso una sonrisa asalta el rostro del chico. El reloj anunciaba la media noche, esta señal hablando el corazón del padre, quien con una mirada permitió que el niño abandonara la mesa.
Entre sonrisas cómplices, el chico desgarraba las vestiduras de los regalos, a los pies de un pino plásticos, y un sequito de estructuras de yeso. Ninguno de los presentes llamaba su atención, hasta el momento que el regalo del progenitor toco sus menudas manos, nuevamente las sonrisas cómplices aparecían en escenas.
Otra vez el papel no ofreció la mínima resistencia posible, una pequeña casita café aparecía en escena dentro de una habitación, donde los padres algo incómodos se sometían a la voluntad del pequeño.
Al abrir la cajita, una sonrisa se dibujo en el rostro del padre. Los ojos del pequeño saltaban de alegría, un revolver de plástico se posaba en sus manos.
Hizo el guiño de cerrar un ojo, apunto y simulo un certero disparo.
El padre suspiro tranquilo será un buen ciudadano.












