lunes, 25 de julio de 2011

Mi Cadáver Parte III de III




Fundirme con la naturaleza en comunión también es una idea que me agrada. Imagino mi cuerpo sin vida, frió por la ausencia del palpitar del romántico órgano, pero caliente por el incesante y minucioso recorrer de los insectos, imagino mi cadáver entre la hierba del bosque, el musgo lo envuelve lentamente, el roció de la mañana humedece lo que queda de mi cabello. Una mosca inserta sus huevos, que se abrirán como una flor, para repulsar una larva que luego me devoraran. Con la luz de la luna un zorro me arranca una mano para alimentar a sus cachorros que se esconden en una madriguera cercana.

Los días y las lunas custodian mi cambio de estado, para fundirme en comunión entre el litre, la araucaria y un pequeño boldo. Más que un cadáver, mi cuerpo son los nutrientes que le dan vida al bosque.

Mis restos alimentan la vida del bosque desde la silvestre maleza, hasta el cauteloso huemul. El halcón invita a mi espíritu a volar sin reconocer las barreras imaginarias, me susurra que la muerte me libero. Los gatos salvajes me invitan a cazar, me enseñan el arte del sigilo, me enseñan como provocar asfixia a mi presa mientras le pido perdón por tomar su vida. Le guardo las espaldas al zorro para burlar a los cazadores. Escucho el canto del rió que me cuenta las historia de los hijos de la tierra, de cómo resistieron al invasor. Mi cadáver ya no existe, forma parte del bosque, nunca en inercia siempre en una caótica escaramuza.

Mi muerte no me preocupa, es inevitable.
Me preocupa que mi muerte no penetre en el ciclo natural.

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