lunes, 25 de julio de 2011

Como cada mañana.

Una vez más la sofocante alarma de mi despertador, asesina a mis sueños por la espalda, soy devuelto de golpe a la pálida rutina. 
Creo mi desayuno de lo primero que pillo; tomate, marraqueta y té. Me someto al espectáculo de las noticias que gentil y sádicamente me ofrece el televisor. Los cadáveres se sientan en mi mesa, sus asesinos desayunan a mi lado, junto a violadores y pungas desnutridos que luchan por las migas del Piter, en medio de un receso de paz comercializada aparecen los insignes políticos que a cambio de mi puesto me ofrecen un trozo de pan, mi habitual desconfianza se los niega antes de poder pensar en una respuesta, micros atraviesan mi comedor con un rebaño que a punta de mordidas y patadas disputan un puesto dentro de aquel carruaje.
Mi desayuno termina de consumirse en mi boca por lo que apago el televisor en aquel instante mis fúnebres invitados desaparecen. Tomo mí mochila y salgo a la calle, en ese instante una fría bofetada me sacude, espantando ya las últimas ganas de dormir que me quedaban.

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