Y el viento me susurro en el oido, con la urgencia del incendio. Me canto de la fragilidad de mis alas, de lo inútil de mi pico, de lo delicado de mi voz, de lo viejo de mis garras.
Ahí en el pleno vuelo, le canto a este simple pájaro de la tragedia del mundo, de la apología de los olvidados. Me canto de la caída de los viejos con sangre de savia, como se derrumbaban muertos como si fueran abrazados por una epidemia. Me contó acerca de las columnas que ennegrecían el cielo, columnas que tragaban hombres para luego escupirlos deshechos, angustiados, tristes, rotos por dentro.
Me contó como mi pecho sirve de refugio para las balas, como mis hermanos son asesinados en serie, manufacturados, etiquetados…
Pero también me contó de las formas en que desatarnos de las trampas, de alzar el vuelo sobre sus miradas. Ya con más firmeza me advirtió, acerca que pese a la fragilidad, pese a lo menudo de su cuerpo, aun pese a tener el viento en contra, pese a hacerse las alas pedazos, hasta la ultima de las aves, hasta la mas torpe sabrá caer en picada en contra de los monstruos de acero que arrasan al bosque.
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